Lo que nadie te cuenta antes de voluntariar en AIESEC
Hace unos años me fui a Brasil a hacer un voluntariado y, aunque suena como una de esas decisiones románticas que uno toma porque quiere viajar, conocer gente y vivir algo distinto, la realidad es que la experiencia me cambió por completo la forma de ver el mundo.
Yo siempre he pensado que viajar es de las cosas más importantes que uno puede hacer. No solo por el destino, sino porque cuando uno sale de su rutina se enfrenta a realidades que jamás habría entendido desde lejos. Eso fue exactamente lo que me pasó en Brasil.
Me fui con las manos abiertas, dispuesto a recibir lo que viniera. Sabía que iba a encontrar un idioma nuevo, costumbres distintas, otra energía. Lo que no me esperaba era el nivel de impacto social con el que me iba a topar, ni la forma en que eso me iba a sacudir por dentro.
Si estás pensando en hacer un voluntariado con AIESEC o cualquier otro programa parecido, hay cosas muy bonitas que sí se cuentan. Pero también hay muchas otras que casi nadie te dice. Y justo de eso quiero hablar.
Por qué decidí irme a Brasil
La motivación inicial fue simple: quería vivir algo totalmente diferente. No iba con una idea rígida ni con un plan perfecto. Quería conocer lo que el país me ofreciera, desmontar mitos, salir de mi burbuja y ponerme en una situación en la que tuviera que adaptarme de verdad.
Cuando vi la posibilidad de hacer voluntariado y trabajar con niños, enseñándoles cosas que a mí me encantaban como el arte y el deporte, sentí que tenía que hacerlo. Había algo muy claro para mí: si iba a salir de mi zona de confort, quería que fuera por algo que tuviera sentido.
Y sí, terminó siendo una de las mejores experiencias de mi vida.
El lugar donde trabajé: una organización mucho más grande de lo que imaginaba
En Brasil conocí una organización sin fines de lucro llamada CEFAS. Su trabajo era enseñarles a chicos de las favelas deportes, arte y muchas otras actividades que normalmente no tenían acceso a desarrollar en un entorno seguro.
Pero CEFAS no era solo un centro para niños.
También funcionaba como refugio para personas que habían sido abandonadas, que venían de orfanatos o que nunca habían sido adoptadas. En muchos casos, la organización les daba casa a cambio de trabajo. Era una mezcla muy fuerte entre comunidad, contención y supervivencia.
Ahí entendí algo importante: el voluntariado no siempre te lleva a estructuras perfectas ni a historias “bonitas”. Muchas veces te mete de frente en espacios armados con pocos recursos, sostenidos por gente que ha pasado por situaciones durísimas.
Los profesores que más me enseñaron no eran los que yo esperaba
Algo que me impactó muchísimo fue que casi todos los profesores, menos yo, eran personas que habían vivido de cerca la drogadicción, el alcoholismo o contextos muy pesados dentro de la favela. Algunos habían sobrevivido al crack y a realidades extremadamente duras.
La lógica de la organización era poderosa: quienes habían logrado salir de ahí se convertían en ejemplo para los niños.
Eso tenía mucho sentido. No era teoría. No era un discurso armado desde afuera. Eran personas que podían decir “yo estuve aquí, yo sé cómo se siente, yo sé lo fácil que es perderse, y también sé que se puede salir”.
Eso me enseñó que a veces el mejor mentor no es el más preparado en papel, sino el que representa una posibilidad real de cambio.
La rutina del voluntariado no era ligera ni cómoda
Una de las cosas que nadie te dice es que el voluntariado puede ser emocionalmente durísimo, pero también físicamente agotador.
En mi caso, el día empezaba a las 5 de la mañana. Había que salir a buscar a los niños en carro, y muchas veces era necesario hacer varios viajes para poder recogerlos a todos. Después llegaban a desayunar y arrancaba la jornada.
Y la energía de esos niños era una locura. Tenían entre 6 y 13 años y parecían inagotables.
Yo, además, tenía un desafío extra: debía hacerme respetar como profesor en un idioma que no dominaba. Eso fue complicadísimo. No basta con tener buena intención. Cuando estás trabajando con niños en otro país, la barrera del idioma puede hacerte sentir muy torpe al principio.
Pero también ahí pasa algo increíble: uno aprende rápido porque no le queda de otra. Y cuando llegas con apertura real, terminas absorbiendo mucho más de lo que creías posible.
La parte del voluntariado que más me golpeó: la pobreza real
Hasta ese momento yo tenía una idea general de lo que significaba la pobreza. Como la mayoría de la gente, la veía como un concepto amplio, casi abstracto. En Brasil dejé de verla como estadística y empecé a verla en detalles concretos, diarios, imposibles de ignorar.
La organización recibía apoyo del gobierno y muchas donaciones, sobre todo de comida y frutas. Casi nunca en efectivo. Había días en que llegaban cantidades enormes de alimentos.
Cuando parte de la fruta empezaba a dañarse, la cocinera cortaba lo podrido. Lo que ya no servía se lo daban a las gallinas, y con el resto hacían batidos, postres o lo que se pudiera rescatar. Todo se aprovechaba al máximo.
Pero lo realmente duro venía después.
Por la tarde, cuando regresábamos a los niños a la favela, llevábamos las frutas que ya no podíamos usar. Para mí eran cosas incomibles. Honestamente, me parecía inaceptable que alguien tuviera que recibir eso como donación.
Y aun así, apenas llegábamos, se formaba una fila enorme de personas para agarrar esos pedazos de fruta e intentar ingeniárselas para comerlos.
Ese momento me marcó muchísimo.
Ahí entendí, de la forma más cruda posible, que la basura de unos puede ser el tesoro de otros. No como frase bonita, sino como realidad tangible.
Mi choque con la favela fue más complejo de lo que imaginaba
Además del nivel de carencia material, hubo algo que me dejó pensando mucho: la normalización de la violencia y del accidente.
Muchos de los niños habían sido atropellados o habían sufrido lesiones serias. Jugaban en la calle hasta altísimas horas de la noche, incluso teniendo 8 o 10 años. Algunos también cuidaban carros. Eso, para ellos, formaba parte de la vida cotidiana.
Recuerdo un caso en particular. Fuimos a buscar a un niño que no pudo ir porque se había caído un muro de la favela y le había atrapado la mano. Ver la cicatriz, los hierros, el dolor físico tan evidente, fue muy fuerte.
Lo más extraño era que, dentro de ese entorno, ese tipo de cosas parecían casi normales.
Y cuando uno viene de un contexto más protegido, ese contraste pega durísimo. Porque no solo te duele el accidente. Te duele darte cuenta de que hay niños creciendo en un lugar donde lastimarse así no es una excepción, sino parte del paisaje.
Lo que aprendí sobre el amor, la convivencia y la necesidad
Entre todo lo fuerte que viví, hubo una lección que me sorprendió por completo: el amor incondicional.
Yo nunca me había puesto a pensar seriamente en lo que significa amar sin lógica, amar porque sí, amar porque el otro está ahí y forma parte de tu supervivencia emocional y cotidiana. En Brasil me encontré con eso de frente.
Por un lado, está esa intensidad brasileña tan particular. Pero por otro, y esto fue lo que más me marcó, vi una dimensión profundamente familiar y comunitaria dentro de las favelas.
En espacios diminutos, personas completamente desconocidas compartían techo. Alguien alquilaba una parte de su casa a otra persona, esa persona a otra más, y así se iban armando dinámicas de convivencia forzada en casas de apenas diez metros cuadrados donde podían vivir siete personas o más.
Muchas veces no había electricidad. En muchos casos tampoco agua constante.
En esas condiciones, llega un punto en el que tienes que aprender a respetar, convivir e incluso querer al otro, porque no existe la distancia. La sobrepoblación obliga al encuentro. Y dentro de esa necesidad aparece un tipo de vínculo muy particular.
Yo sentí que había dado por sentado demasiadas cosas en mi vida. Había ignorado el valor de ciertas formas de cariño, de comunidad y de cercanía humana que, sin buscarlas, encontré ahí.
Y eso me abrió muchísimo más al mundo.
Lo difícil de hablar sobre pobreza sin romantizarla
También me quedé dándole vueltas a algo incómodo: la relación entre pobreza, gobierno y dependencia. Mi impresión en ese momento fue que había muchísimo apoyo estatal en ciertas zonas, especialmente a través de vivienda y manutención por hijos, y que eso terminaba generando en algunas personas una mentalidad de permanencia en la pobreza, como si salir de ahí no fuera realmente una prioridad.
Fue una percepción que me surgió estando allá, viendo de cerca ciertas dinámicas familiares y sociales.
Lo menciono porque el voluntariado también hace eso: te enfrenta a preguntas complejas, a observaciones incómodas y a temas que no se resuelven con respuestas simples. Uno puede llegar pensando que va a “ayudar”, y termina entendiendo que hay estructuras enteras detrás de cada problema.
No todo se arregla con buena voluntad. No todo depende de una persona. Y no todo es blanco o negro.
Lo que sí cambió en mí después de esa experiencia
Después de vivir todo eso, regresé distinto.
No porque me haya convertido en experto en problemas sociales, ni porque un viaje te vuelva automáticamente mejor persona. Sino porque empecé a ver muchas cosas con más conciencia.
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Aprendí a no subestimar el poder de salir de mi realidad.
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Entendí que enseñar también significa escuchar y adaptarse.
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Descubrí que el impacto más fuerte del voluntariado no siempre es el que uno genera, sino el que recibe.
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Me di cuenta de que la empatía real nace cuando dejas de imaginar la vida del otro y la ves de cerca.
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Valoré mucho más cosas que antes había dado por sentadas.
Eso fue lo que verdaderamente me cambió la vida.
Entonces, ¿vale la pena hacer voluntariado con AIESEC?
En mi caso, sí. Totalmente.
No porque haya sido fácil. No porque haya sido cómodo. Y definitivamente no porque haya sido una experiencia “perfecta”. Vale la pena justamente porque te reta, te confronta y te saca de la versión automática con la que a veces uno vive.
Si estás pensando en hacerlo, mi recomendación es sencilla: hazlo con expectativas reales.
No vayas buscando una experiencia turística con un toque solidario. Ve sabiendo que puedes encontrarte con cosas que te rompan esquemas, que te incomoden y que te dejen preguntas abiertas por mucho tiempo.
Y si todavía no puedes irte a otro país, también hay algo importante aquí: muchas veces el mejor lugar para empezar a hacer voluntariado está en tu propio barrio, en tu propia ciudad, en tu propio país.
No hace falta cruzar un continente para descubrir desigualdad, necesidad y oportunidades de servir. Lo importante es empezar.
Lo que nadie te cuenta antes de lanzarte
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No solo vas a ayudar. También te van a confrontar emocionalmente.
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La barrera del idioma pesa. Y al mismo tiempo te obliga a crecer.
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La pobreza vista de cerca cambia todo. Ya no puedes pensar igual después.
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No todo se siente heroico. A veces te sientes impotente, confundido o pequeño.
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Vas a aprender de personas que no esperabas. Muchas veces quienes más enseñan son quienes más han sufrido.
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El voluntariado no siempre te da respuestas. Pero sí te deja una mirada mucho más honesta del mundo.
Preguntas frecuentes sobre voluntariar en AIESEC y experiencias similares
¿Un voluntariado internacional realmente puede cambiarte la vida?
Sí, pero no de una forma mágica ni instantánea. Lo que cambia es tu perspectiva. Te enfrentas a otras realidades, cuestionas lo que dabas por normal y aprendes a valorar cosas que antes pasaban desapercibidas. En mi caso, el cambio vino sobre todo por el choque social y humano que viví en Brasil.
¿Hace falta dominar el idioma antes de ir?
Ayuda muchísimo, pero no siempre es indispensable para empezar. Yo llegué a enfrentarme a un idioma nuevo y tuve que aprender sobre la marcha. Fue difícil, especialmente porque trabajaba con niños y necesitaba que me respetaran como profesor, pero también fue una de las partes más enriquecedoras del proceso.
¿El voluntariado es siempre una experiencia positiva?
Puede ser profundamente positiva, pero eso no significa que sea cómoda. Hay momentos duros, escenas que te impactan y realidades que pueden afectarte bastante. Justamente por eso deja huella. No todo es bonito, y entender eso desde el inicio ayuda mucho.
¿Qué fue lo más duro de trabajar con niños en una favela?
Ver cómo muchas situaciones que para mí eran gravísimas, para ellos formaban parte de la normalidad. Accidentes, cicatrices, carencias materiales y exposición al peligro eran cosas muy presentes en su día a día. Ese contraste fue probablemente lo más fuerte de todo.
¿Hay que irse a otro país para hacer voluntariado valioso?
No. Irse a otro país puede abrirte muchísimo la mente, pero no es la única forma de vivir una experiencia transformadora. Muchas veces el mejor primer paso está cerca de casa. Hay necesidades reales en todas partes, y empezar localmente también puede cambiarte la vida.
¿Qué actitud conviene llevar a un voluntariado?
Apertura total. Ir con las manos abiertas, sin querer controlar todo y sin idealizar la experiencia. Si llegas dispuesto a aprender, adaptarte y recibir lo que venga, el crecimiento suele ser mucho mayor.
Mi conclusión
Si algo me dejó Brasil, fue esto: salir al mundo con intención de servir termina enseñándote muchísimo más de lo que imaginas.
Yo fui pensando que iba a enseñar arte, deporte y energía. Y sí, hice todo eso. Pero me devolví con una lección mucho más grande sobre pobreza, dignidad, convivencia, dolor, resiliencia y amor.
Por eso, cuando alguien me pregunta si recomiendo hacer voluntariado, la respuesta es sí. Pero no como una aventura ligera para coleccionar experiencias. Lo recomiendo como una decisión seria, humana y transformadora.
Porque cuando lo haces de verdad, ya no vuelves igual.
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