El minuto cletero: haciendo un país en bicicleta, día 7

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El minuto cletero: haciendo un país en bicicleta, día 7

Seguimos dándole la vuelta a Panamá en bicicleta, y ese día tenía pinta de ser una jornada tranquila. Estábamos en Las Lajas y el plan era llegar a Quebrada de Piedra. No era una etapa monstruosa. Desde la costa, la distancia se sentía manejable, algo así como 40 o 50 kilómetros.

Pero en los viajes en bici hay una regla no escrita que se cumple demasiado bien: uno planea, y el clima se ríe.

Ese día nos cayó lluvia. Mucha lluvia.

Así que hicimos lo que tocaba hacer. Nos detuvimos a almorzar en un restaurante y, como el aguacero no daba tregua, ese almuerzo terminó convirtiéndose en refugio, sala de espera, estudio de grabación improvisado, escenario de bromas internas y pista de baile. A veces avanzar también significa quedarse quieto.

Cuando la ruta obliga a parar

Una de las cosas más curiosas de viajar en bicicleta es que el camino no solo se mide en kilómetros. También se mide en pausas inesperadas, en decisiones pequeñas y en la capacidad de adaptarse sin pelearse con lo que está pasando.

Nosotros íbamos con la intención de seguir pedaleando, pero la lluvia mandó otra cosa. En vez de forzar la ruta, nos quedamos donde habíamos parado a comer y estiramos la estadía hasta la noche.

Puede sonar como un retraso, pero no siempre lo es. A veces una pausa así termina revelando otra cara del viaje:

  • El cansancio real con el que uno viene pedaleando.
  • La convivencia entre quienes comparten la ruta.
  • La hospitalidad de la gente del camino.
  • El humor que aparece cuando ya no queda más remedio que reírse.

Y eso fue exactamente lo que pasó.

Las Lajas: un lugar que sorprendió más de lo esperado

En medio de la conversación salió una pregunta natural: ¿qué nos había parecido Las Lajas?

La respuesta fue bastante honesta. Nos sorprendió para bien.

Hay lugares remotos en los que uno espera encontrar algo básico, funcional, sin demasiado cuidado. Pero en Las Lajas apareció otra cosa: un espacio muy bien tratado, con detalles, con intención, con una sensación extraña pero agradable de que alguien realmente se había preocupado por hacerlo bien.

También estaba ese contraste tan latinoamericano y tan real entre lo bonito y lo descuidado. Había rincones bien resueltos, movimiento, variedad, cosas curiosas, y al mismo tiempo algunos espacios más sucios o menos pulidos. Como si el lugar estuviera a medio camino entre el esfuerzo genuino y la falta de remate final.

Justamente por eso resultaba interesante. No era perfecto, pero tenía personalidad.

Y en un viaje largo, esos sitios se quedan pegados en la memoria. No por ser de postal, sino porque tienen algo propio.

La mejor parte de quedarse varados: la gente

La lluvia vació el lugar. Prácticamente no había nadie más. Éramos los únicos clientes.

Y ahí apareció una de esas cosas que hacen grande un día cualquiera: nos trataron como familia.

No es un detalle menor. Cuando uno está mojado, cansado, con la bici afuera, sin saber bien si va a poder seguir o si le toca pasar la noche ahí mismo, un buen trato vale muchísimo más que la comida o el techo.

En este tipo de viajes, la hospitalidad se vuelve parte de la ruta. No está en el mapa, pero sostiene el camino. Uno recuerda los puentes, las subidas, el viento de frente, claro que sí, pero también recuerda a la gente que abrió un espacio y dijo, en la práctica, “quédense tranquilos”.

Nos trataron como si fuéramos familia.

El cansancio también habla, y normalmente habla de más

Cuando uno lleva varios días pedaleando, el cuerpo se va cansando, pero la cabeza empieza a entrar en otro modo. Se afloja todo un poco. Uno dice tonterías, se ríe de cosas mínimas, improvisa secciones absurdas y convierte cualquier conversación en espectáculo.

Eso nos pasó esa tarde.

Entre la espera y el encierro por lluvia salió un tono medio de programa de variedades improvisado. Empezaron las presentaciones exageradas, los comentarios burlones, las descripciones caricaturescas de cada uno y una especie de segmento inventado al vuelo, con humor interno y cero solemnidad.

En un viaje así, esos momentos no son relleno. Son combustible emocional.

Porque no todo es épica, ni paisaje, ni resistencia física. También hay horas muertas. Y si uno no aprende a pasarlas con humor, se hacen larguísimas.

Los papeles que aparecen dentro del grupo

Cuando convives durante días pedaleando, cada quien empieza a asumir un personaje, aunque nadie lo haya decidido formalmente.

Ese día eso quedó clarísimo. Entre bromas, cada uno fue quedando retratado:

  • El mochilero misterioso.
  • El que parece más serio pero termina siendo parte del relajo.
  • Y yo, que asumí sin mucha discusión el papel del bobo del grupo, con casco mal puesto, lentes, actitud dudosa y cero dignidad cuando toca hacer reír.

Lo divertido es que esos personajes no son falsos. Son versiones amplificadas de lo que el viaje saca de uno. El cansancio baja la guardia y todo se vuelve más espontáneo.

Fluir como el agua, incluso cuando toca detenerse

En medio del relajo salió una pregunta inesperada sobre el pelo largo. Y la respuesta, entre broma y broma, terminó siendo casi una filosofía de viaje: dejar que las cosas fluyan. Ser como el agua.

Suena gracioso en ese contexto, pero tiene bastante verdad.

Viajar en bicicleta obliga a eso:

  • Si llueve, se espera.
  • Si el cuerpo no da, se baja el ritmo.
  • Si el plan cambia, se cambia con él.
  • Si aparece un buen lugar y buena gente, se aprovecha.

Pelearse con la realidad en la ruta casi nunca sirve. Lo que sí sirve es adaptarse sin perder el ánimo.

Ese día no fue el día de los grandes kilómetros. Fue el día de aprender otra vez que el viaje no se trata solo de avanzar, sino de saber estar donde uno terminó.

La rocola, el karaoke y el momento en que la parada dejó de ser espera

Como era de esperarse, una vez que uno acepta que no va a seguir pedaleando por unas horas, cambia la energía. La parada deja de sentirse como un obstáculo y empieza a convertirse en experiencia.

Entonces apareció la rocola.

Y con ella, el desorden más hermoso: música, canto, algo de baile y ese tipo de entusiasmo que solo sale cuando ya uno se rindió por completo al momento. Hubo karaoke, desafine, emoción exagerada y la clase de escena que no estaba en ningún itinerario, pero termina siendo de lo más recordado del día.

Eso también es hacer un país en bicicleta.

No solo cruzar carreteras y tachar destinos. También dejarse encontrar por esos espacios mínimos donde el viaje se vuelve humano, ridículo, alegre y completamente impredecible.

Qué me dejó este día de ruta truncada

Si tuviera que resumir la lección del día 7, sería esta: no todos los buenos días de viaje son productivos en el sentido tradicional.

No llegamos tan lejos como queríamos. La lluvia cambió el plan. Terminamos resguardados más tiempo del previsto. Pero el día igual valió por muchas razones:

  • Confirmó que la flexibilidad es parte esencial del cicloviaje.
  • Nos recordó que la hospitalidad del camino sostiene tanto como las piernas.
  • Mostró que el humor de grupo salva incluso una jornada detenida.
  • Demostró que en los pueblos y paradas inesperadas también está la riqueza del recorrido.

Al final, entre lluvia, conversación, cansancio acumulado y canciones de rocola, el día quedó completo. Distinto a como lo habíamos imaginado, sí, pero completo.

Seguir pedaleando también se prepara en la pausa

Después de un día así, lo importante no es lamentar el tiempo perdido. Lo importante es descansar, comer, reírse un poco y quedar listo para volver a montarse en la bicicleta al día siguiente.

Porque esa es otra verdad del viaje largo: la ruta no se gana en una sola jornada. Se construye día por día, decisión por decisión, y a veces también mesa por mesa en un restaurante donde la lluvia decidió poner el itinerario en pausa.

Quebrada de Piedra seguía ahí. El camino seguía ahí. Nosotros también.

Y al día siguiente tocaría volver a hacer lo mismo de siempre: montar, pedalear y seguir descubriendo el país a fuerza de piernas.

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Preguntas frecuentes

¿Cuál era el destino de ese día en la ruta?

El plan era salir de Las Lajas y avanzar hasta Quebrada de Piedra, una etapa relativamente corta de alrededor de 40 a 50 kilómetros.

¿Por qué no siguieron pedaleando como estaba previsto?

Porque cayó una lluvia fuerte mientras estábamos almorzando. En vez de arriesgarnos en la carretera, decidimos quedarnos en el restaurante hasta la noche.

¿Qué fue lo más destacado de la parada forzada?

Sin duda, la mezcla entre la hospitalidad del lugar, el humor del grupo y el ambiente que se armó después con música, karaoke y rocola. Terminó siendo una pausa memorable.

¿Qué impresión dejó Las Lajas?

Fue una sorpresa agradable. El lugar transmitía cuidado y personalidad, con detalles bien logrados y una energía particular, incluso con algunas imperfecciones visibles.

¿Qué enseñanza deja un día así en un viaje en bicicleta?

Que viajar en bicicleta no consiste solo en cumplir kilómetros. También implica adaptarse, descansar cuando toca, valorar la gente del camino y entender que muchas veces los mejores recuerdos nacen de los planes que se desarman.

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