De los días complicados del viaje en bicicleta: Día 2 entre Bocas del Toro y Chiriquí

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De los días complicados del viaje en bicicleta: Día 2 entre Bocas del Toro y Chiriquí

El segundo día de cruzar Panamá en bicicleta me confirmó algo muy rápido: salir de Bocas del Toro no iba a ser una simple arrancada, iba a ser una prueba seria.

Yo pensaba que llegar de Bocas a Chiriquí nos tomaría unos 3 o 4 días, pero ya para este punto estaba claro que la realidad iba por otro lado. Más bien parecía una travesía de 4 o hasta 5 días. Lo sabíamos desde antes de arrancar: la salida de Bocas era una de las partes más duras, y por eso mismo decidimos empezar por ahí. Si íbamos a hacer este viaje imposible, mejor enfrentar primero lo más pesado.

Ese día tocó subir la montaña más alta que habíamos visto hasta ese momento. Y no era de esas subidas que se resuelven con ánimo y una buena foto al final. Era de las que se meten en las piernas, en la espalda, en la cabeza, y en el reloj.

La preocupación principal no era solamente llegar arriba. Era cuánto tiempo nos iba a tomar. En un viaje largo, el esfuerzo importa, pero el tiempo también pesa. Una subida demasiado larga te cambia toda la jornada.

La montaña no se acababa nunca

Hay subidas que parecen eternas, y luego está esa montaña.

Recuerdo perfectamente la sensación de pensar: “¿Se acuerdan de la montaña de la que hablaba hace tres horas? Bueno, seguimos subiendo la misma”. Esa frase resumía todo. No era una exageración dramática. Era exactamente lo que se sentía.

Íbamos sudados, oliendo a puro esfuerzo, con el cuerpo ya pidiendo descanso. Y aun así, la idea que nos mantenía avanzando era la más básica y la más esperanzadora del ciclismo en montaña:

Todo lo que sube, tiene que bajar.

A veces uno no necesita una gran filosofía para seguir pedaleando. A veces basta con recordar que después del castigo viene el alivio.

Cuando la lluvia deja de ser paisaje y se vuelve problema

Ese día también nos cayó el primer aguacero realmente duro del viaje. No una llovizna pasajera. No lluvia bonita de carretera. La lluvia más fuerte hasta ese momento.

Y ahí cambió todo.

Cuando uno está viajando en bicicleta, la lluvia no solo moja. La lluvia pone en duda muchas cosas al mismo tiempo:

  • si los frenos van a responder bien,

  • si la bicicleta va a aguantar,

  • si todavía se puede pedalear con seguridad,

  • si conviene seguir o parar.

Hasta que no te toca una tormenta fuerte en plena ruta, no entiendes lo vulnerable que uno se siente. Todo se enfría, todo se empapa, y todo pesa más.

Lo curioso es que veníamos de una subida brutal. En teoría deberíamos haber estado acalorados, casi hirviendo del esfuerzo. Pero no. Estábamos mojados, fríos y medio congelados. Ese contraste pega duro: el cuerpo hace fuerza, pero el clima le gana.

Ropa mojada, cero comodidad y ninguna opción elegante

Viajar en bicicleta por varios días también te enseña a bajarle el volumen al romanticismo.

No había ropa seca. Todo estaba mojado. No paraba de llover. No había mucho que elegir. En esos momentos uno deja de pensar en cómo se ve y empieza a pensar en lo básico: qué me pongo para no pasar más frío y poder seguir.

Ese tipo de días son los que de verdad prueban la cabeza. Porque el cansancio físico se mezcla con la incomodidad constante. Estás mojado, sucio, con frío, cansado, y todavía no has terminado la jornada.

Y aun así, toca seguir resolviendo.

Parar también es parte del viaje

En los viajes largos uno aprende que descansar no es perder tiempo. A veces, descansar es exactamente lo que permite continuar.

Después de toda esa lluvia, parar se volvió necesario. No solo para recuperar fuerzas, sino para reagruparse mentalmente. Cuando el clima te castiga y la carretera te exprime, una pausa vale muchísimo.

Es en esos momentos donde también sale el lado más humano del viaje. No todo es pedalear, sufrir y avanzar. También están esos ratos muertos en los que uno mata el tiempo como puede, se ríe de la situación, improvisa cualquier cosa y le baja el drama al día.

Incluso en medio del cansancio, todavía había espacio para el relajo, para improvisar, para distraerse un rato. Porque si no aprendes a jugar con el mal momento, el mal momento te aplasta.

La comida de fonda: combustible real para seguir

Uno de los mejores descubrimientos de estas rutas por Panamá siempre termina siendo el mismo: las fondas.

Las fondas son esos lugares sencillos del campo donde se come de verdad. Nada pretencioso, nada decorado para impresionar. Solo comida buena, abundante y honesta. En una travesía así, eso vale oro.

Ese día la comida pegó fuerte. Veníamos vacíos y terminamos llenísimos con un plato de pollo con arroz. De esos almuerzos que te devuelven el alma pero al mismo tiempo te dejan pesadísimo para volver a moverte.

Es una contradicción hermosa del cicloviaje: necesitas comer mucho para rendir, pero a veces comes tan bien que lo único que quieres después es tirarte a dormir.

Las fondas terminan siendo mucho más que una parada para comer. Son refugio, pausa, energía y contacto con el Panamá real, el del interior, el que sostiene al viajero cuando la ruta se pone dura.

Lo difícil de salir de Bocas del Toro

Si algo dejó claro este segundo día es que las montañas de Bocas del Toro son bastante más pesadas de lo que imaginábamos. Eso cambió nuestras expectativas sobre el recorrido hacia Chiriquí.

Y eso es importante decirlo porque en los viajes largos uno casi nunca avanza exactamente como lo planeó. Uno calcula con entusiasmo, pero la carretera responde con su propia verdad.

Ese ajuste mental es parte del proceso. No se trata de frustrarse porque no salió el plan original. Se trata de aprender a leer lo que la ruta te está diciendo y responder con creatividad.

Si el camino toma más tiempo, entonces tomará más tiempo. Lo importante es seguir avanzando.

Lo que este día me recordó sobre los retos grandes

Más allá de la subida, del frío, de la ropa mojada y del cansancio, este día me recordó por qué hago este tipo de locuras.

Porque los desafíos que parecen imposibles casi nunca se resuelven con fuerza bruta solamente. Se resuelven con una mezcla de cosas mucho más simples y mucho más reales:

  • creatividad para adaptarse,

  • trabajo duro para no rendirse,

  • paciencia para aceptar que todo toma lo que tiene que tomar,

  • buen humor para no dejarse hundir por un mal rato.

Hay días en los que el viaje se siente heroico. Y hay días como este, donde se siente incómodo, lento, mojado y cansadísimo. Pero justamente esos días son los que más enseñan.

Porque cuando estás en plena montaña, empapado, con frío y todavía lejos de llegar, entiendes que los sueños grandes no se conquistan de una sola vez. Se conquistan pedaleando igual, incluso cuando todo se pone pesado.

Video del recorrido

Este fue el segundo día de una travesía por Panamá en bicicleta que empezó enfrentando lo más difícil desde el arranque.

Lecciones prácticas de un día duro en bicicleta

Si algo útil deja una jornada como esta, es una serie de aprendizajes bastante concretos:

  • No subestimes la salida de una región montañosa. Lo que en el mapa parece manejable, en carretera puede multiplicarse.

  • La lluvia cambia por completo la ruta. No es solo incomodidad. También afecta seguridad, ritmo y toma de decisiones.

  • Comer bien importa muchísimo. Un plato simple en una fonda puede ser la diferencia entre rendirte y continuar.

  • Las pausas no son debilidad. Son parte del sistema para sobrevivir varios días pedaleando.

  • El tiempo estimado casi siempre necesita margen. Especialmente en rutas exigentes.

FAQ

¿Por qué este segundo día fue tan complicado?

Porque coincidieron varios factores duros al mismo tiempo: una subida larguísima, la montaña más alta que habíamos enfrentado hasta ese momento, lluvia intensa, frío, ropa completamente mojada y la incertidumbre de cómo responderían las bicicletas y los frenos.

¿Cuánto pensaba que iba a tomar el tramo de Bocas del Toro a Chiriquí?

La idea inicial era hacerlo en 3 o 4 días, pero ya en esta etapa se veía más realista pensar en 4 o 5 días por la dureza del terreno.

¿Qué son las fondas en Panamá?

Son lugares típicos del campo donde se sirve comida casera y abundante. En un viaje en bicicleta son fundamentales porque ofrecen comida real, energía y una pausa valiosa en medio de la ruta.

¿Qué comieron ese día?

Pollo con arroz, una comida simple pero poderosa para recuperar energía después de una jornada exigente.

¿Cuál era una de las mayores preocupaciones con la lluvia?

No saber cómo iban a responder las bicicletas, especialmente los frenos, y si sería seguro o posible seguir pedaleando bajo un aguacero tan fuerte.

¿Qué enseñanza deja un día así?

Que los retos grandes no se alcanzan de golpe. Se construyen con paciencia, creatividad y trabajo duro, incluso en los días en que todo se siente más lento, más pesado y más incómodo.

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